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Peter Thiel en Sudamérica: cuando el capitalismo de vigilancia aterriza en Chile y Argentina

27 de mayo de 2026
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Hay algo inquietante en ver a figuras como Peter Thiel recorriendo Chile y Argentina en silencio, reuniéndose con gobiernos, empresarios y actores políticos mientras casi nadie explica realmente qué se conversa. No es paranoia. Es entender el momento histórico en el que vivimos.

El silencio de Thiel

Thiel no es solamente “otro multimillonario tech”. Es uno de los arquitectos ideológicos y tecnológicos del capitalismo de vigilancia moderno. Cofundó Palantir Technologies, una empresa especializada en análisis masivo de datos, inteligencia y sistemas predictivos utilizados por gobiernos, fuerzas militares y agencias de seguridad.

Y ahora está mirando hacia Sudamérica.

En las últimas semanas se reportaron reuniones de Thiel en Argentina con funcionarios del gobierno de Javier Milei, además de visitas y encuentros en Chile ligados a sectores políticos y empresariales. La pregunta no es solamente “qué negocios quiere hacer”, sino qué significa que empresas cuya lógica se basa en capturar, integrar y analizar datos de poblaciones enteras empiecen a acercarse a estados históricamente débiles en regulación digital.

Capitalismo de vigilancia

Porque el problema del capitalismo de vigilancia no es solo que te espíen.

El verdadero problema es que transforma cada acción humana en materia prima.

Tus movimientos. Tus compras. Tus búsquedas. Tus relaciones. Tu ubicación. Tus emociones. Tu comportamiento.

Todo se convierte en datos. Y esos datos luego se usan para predecirte, influenciarte y modelar conductas.

La filósofa Shoshana Zuboff llamó a esto “capitalismo de vigilancia”: un sistema donde las experiencias humanas son extraídas como recursos naturales. Ya no somos solamente consumidores. Somos productos observables.

Y ahí es donde figuras como Thiel representan algo más profundo que “inversión extranjera”.

Representan la convergencia entre poder tecnológico, vigilancia, inteligencia artificial y política.

En Argentina, distintas publicaciones mencionan posibles intereses en infraestructura estratégica, inteligencia estatal, biometría, energía y sistemas de datos públicos. En Chile, reportes apuntan a reuniones discretas y al registro de marca de Palantir en el país.

Quizás no pase nada inmediato. Quizás muchas de estas conversaciones terminen en humo corporativo. Pero el punto importante es otro: el terreno ya está preparado.

Sudamérica como laboratorio

Sudamérica siempre ha sido un laboratorio.

Antes fueron los Chicago Boys. Después las plataformas digitales. Ahora podrían ser los sistemas algorítmicos de vigilancia y predicción social.

Lo preocupante es que estas tecnologías suelen entrar con el discurso de la eficiencia: combatir crimen, optimizar servicios, automatizar decisiones, modernizar el Estado. Todo suena razonable hasta que descubres que el costo es entregar soberanía tecnológica y capacidad de observación masiva a corporaciones privadas.

Y una vez que esas herramientas existen, no desaparecen cuando cambia el gobierno.

Hoy pueden ser usadas contra “criminales”. Mañana contra manifestantes. Después contra opositores políticos. Finalmente contra cualquiera.

La historia demuestra que toda infraestructura de vigilancia termina expandiendo su alcance.

El problema no es quién vigila

Lo más irónico es que vivimos una época donde la gente teme más a TikTok o a cámaras chinas que a empresas occidentales cuya existencia completa depende de recolectar y cruzar datos a escala planetaria. Como si el problema fuera quién vigila y no el hecho mismo de normalizar la vigilancia permanente.

El futuro que se está construyendo ya no necesita policías en cada esquina. Necesita sensores, bases de datos, modelos predictivos e inteligencia artificial.

Y probablemente el negocio más rentable del siglo XXI no sea vender productos. Sea vender comportamiento humano procesado.