Hay comportamientos que, vistos desde afuera, parecen extraños. Un animal que camina repetidamente siguiendo el mismo recorrido dentro de una jaula. Otro que se balancea durante largos períodos, muerde los barrotes o repite movimientos sin una finalidad aparente.
En el contexto de los zoológicos y otros espacios de cautiverio, algunos de estos comportamientos se conocen como zoocosis: conductas repetitivas y anormales que pueden aparecer cuando un animal vive en un ambiente que no satisface adecuadamente sus necesidades físicas, sociales y cognitivas.
El concepto resulta interesante no solamente por lo que dice sobre los animales en cautiverio, sino porque plantea una pregunta incómoda cuando observamos nuestra propia sociedad:
¿Hasta qué punto nuestras propias conductas son una respuesta al entorno en el que vivimos?
El comportamiento de un animal encerrado
Un animal en libertad tiene que explorar, buscar alimento, establecer territorios, relacionarse con otros individuos, evitar peligros y adaptarse constantemente a su entorno.
El cautiverio elimina o reduce muchas de esas necesidades. El ambiente se vuelve predecible. La comida aparece sin necesidad de buscarla. El espacio es limitado. Las decisiones que el animal puede tomar son pocas.
En determinadas circunstancias, esa falta de estímulos y de posibilidades de comportamiento puede terminar manifestándose mediante conductas repetitivas.
Lo interesante es que muchas de estas conductas no tienen una función evidente. Caminar de un lado a otro no sirve para llegar a ninguna parte. Repetir un movimiento durante horas no resuelve ningún problema.
El comportamiento parece convertirse en un fin en sí mismo.
Y ahí aparece la parte inquietante.
Una sociedad llena de rutinas
Nuestra vida cotidiana también está organizada alrededor de rutinas.
Nos levantamos a una determinada hora, nos desplazamos, trabajamos, volvemos a casa, consumimos entretenimiento y repetimos el ciclo al día siguiente.
En muchos casos, estas rutinas son necesarias. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre una rutina que nos ayuda a vivir y una rutina que simplemente seguimos porque siempre ha estado ahí.
El trabajo puede convertirse en una repetición interminable.
El desplazamiento diario puede convertirse en una repetición.
Incluso nuestro tiempo libre puede transformarse en una secuencia cuidadosamente repetida: abrir el teléfono, revisar las mismas aplicaciones, consumir contenido durante horas, dormir y volver a empezar.
No necesariamente porque lo hayamos elegido conscientemente, sino porque el entorno está diseñado para que sea fácil continuar haciéndolo.
El teléfono como una jaula invisible
Quizás uno de los ejemplos más evidentes sea el smartphone.
Tenemos acceso prácticamente ilimitado a información, entretenimiento y comunicación. Paradójicamente, esa abundancia puede terminar produciendo una experiencia bastante repetitiva.
Desbloqueamos el teléfono.
Revisamos una aplicación.
Deslizamos.
Cerramos.
Abrimos otra.
Volvemos a deslizar.
Y repetimos.
No existe una meta concreta. Muchas veces ni siquiera estamos buscando algo específico. Sin embargo, el comportamiento continúa.
Aquí conviene hacer una distinción importante: esto no significa que el uso del teléfono sea literalmente zoocosis, ni que las personas que utilizan redes sociales estén padeciendo el mismo fenómeno que un animal en cautiverio.
La comparación es más interesante como metáfora.
La pregunta es si estamos construyendo ambientes que favorecen determinados comportamientos repetitivos porque resultan convenientes para el sistema que los produce.
El problema de la hiperestimulación
Existe además una aparente contradicción.
El animal en cautiverio puede desarrollar conductas anormales debido a la falta de estímulos adecuados. Nosotros vivimos rodeados de estímulos.
Pantallas.
Notificaciones.
Publicidad.
Videos cortos.
Noticias.
Mensajes.
Música.
Podcasts.
Recomendaciones algorítmicas.
Nunca ha sido tan fácil llenar cada momento de silencio.
Pero estar constantemente estimulados no significa necesariamente estar verdaderamente involucrados con nuestro entorno.
Podemos pasar horas consumiendo información sin producir nada, recorrer cientos de contenidos sin recordar prácticamente ninguno y mantener una actividad constante mientras nuestra experiencia se vuelve cada vez más pasiva.
El problema no sería entonces simplemente la ausencia de estímulos, sino la pobreza de determinados estímulos frente a la abundancia de otros.
La productividad como comportamiento repetitivo
Otro ejemplo aparece en nuestra relación con el trabajo.
La sociedad moderna suele valorar enormemente la productividad. Tener una actividad constante puede convertirse incluso en una señal de éxito.
Estar ocupado parece preferible a estar quieto.
Pero existe una diferencia entre hacer algo porque tiene sentido y permanecer permanentemente ocupado para evitar enfrentarnos al vacío.
Responder correos.
Asistir a reuniones.
Completar tareas.
Revisar métricas.
Actualizar informes.
Repetir.
La actividad puede continuar indefinidamente.
Y cuando finalmente llega un momento de descanso, muchas personas sienten incluso cierta incomodidad. El silencio parece extraño. No hacer nada produce culpa.
Quizás una sociedad que necesita mantenerse permanentemente ocupada debería preguntarse qué está intentando evitar.
¿Somos libres dentro de nuestras propias jaulas?
La comparación con los animales en cautiverio también permite plantear una pregunta más profunda: ¿qué significa realmente ser libre?
Tener muchas opciones no necesariamente significa tener libertad.
Podemos elegir entre miles de películas, millones de canciones, innumerables productos y una cantidad prácticamente infinita de contenido. Sin embargo, nuestras decisiones también están condicionadas por algoritmos, incentivos económicos, normas sociales y hábitos construidos durante años.
La jaula moderna no necesariamente tiene barrotes.
Puede tener una conexión a internet.
Un contrato de trabajo.
Una hipoteca.
Una pantalla.
Una rutina.
Una serie interminable de obligaciones.
Y, en algunos casos, algo todavía más difícil de detectar: la convicción de que no existe ninguna alternativa.
Recuperar la posibilidad de explorar
Quizás una de las lecciones más interesantes que podemos extraer del estudio del comportamiento animal en cautiverio no sea que debamos comparar directamente nuestra experiencia con la de un animal, sino que el entorno importa.
Los seres vivos no existen separados de sus ambientes.
Cambiar el ambiente puede cambiar el comportamiento.
En los humanos esto puede significar cosas bastante simples: recuperar espacios sin pantallas, caminar sin un objetivo concreto, aprender algo nuevo, relacionarnos cara a cara, crear en lugar de solamente consumir, cambiar nuestras rutinas o simplemente permitirnos experimentar períodos de aburrimiento.
El aburrimiento, de hecho, puede ser mucho más productivo de lo que solemos creer.
Cuando desaparecen los estímulos constantes, aparece nuevamente la posibilidad de explorar.
Pensar.
Observar.
Crear.
Preguntarnos qué queremos hacer.
La pregunta incómoda
La zoocosis nos resulta inquietante porque muestra algo fundamental: un comportamiento puede parecer absurdo cuando observamos únicamente al individuo y olvidamos mirar el ambiente que lo rodea.
Quizás deberíamos aplicar la misma mirada a nosotros mismos.
Antes de preguntarnos por qué una persona está permanentemente conectada, agotada, distraída o atrapada en determinadas rutinas, podríamos preguntarnos qué clase de entorno produce esas conductas.
No se trata de afirmar que vivimos literalmente como animales encerrados en un zoológico.
La analogía sería demasiado simple.
Se trata de reconocer que nuestro comportamiento también es moldeado por el espacio físico, la tecnología, la economía, el trabajo y las estructuras sociales que nos rodean.
Y quizás la pregunta más importante no sea solamente cómo cambiar nuestros hábitos.
Quizás sea:
¿Qué clase de sociedad estamos construyendo para que ciertos hábitos parezcan inevitables?